Hay conversaciones que empiezan hablando de herramientas y terminan cuestionando la civilización.
Eso fue exactamente lo que ocurrió hace unos días en un encuentro privado entre profesionales vinculados al agilismo, la tecnología, el diseño organizacional, el desarrollo de producto, la innovación y las ciencias sociales al que llamamos "evento clandestino". La propuesta era deliberadamente sencilla: juntarnos a charlar con una excusa. Para asegurarnos de que el esfuerzo le merecía la pena a todos los asistentes, diseñamos un espacio lo bastante seguro e informal como para poder mantener una conversación honesta sobre un tema especialmente complejo e incierto: el impacto de la inteligencia artificial y el papel del agilismo en este nuevo escenario. La dinámica giró alrededor de una pregunta abierta y un fishbowl pensado para favorecer la escucha activa, regular la participación y mantener el foco en la conversación colectiva. Además, como organizadores, buscamos una mezcla bastante intencionada de perfiles diversos para provocar perspectivas y tensiones que normalmente no aparecen en conversaciones más homogéneas. Más que intentar llegar rápido a conclusiones, buscamos crear un contexto donde explorar juntos, conectando experiencias y conocimientos muy diferentes, con una facilitación muy poco visible pero pensada precisamente para dejar espacio a que apareciesen ideas, contradicciones y posibles futuros. Así, lo más interesante no estuvo únicamente en las ideas que surgieron, sino en cómo fue cambiando la conversación.
La recogida de ideas inicial respondió a la pregunta "¿qué retos plantea la IA en el trabajo del conocimiento?" y el resultado, tras la puesta en común, fue esta pizarra llena de postits.
A continuación, arrancamos el fishbowl con un disparador: "¿Qué hacemos con todo esto?".
Al principio predominaron temas fácilmente reconocibles: productividad, automatización, adaptación profesional, nuevas oportunidades, reorganización empresarial, aceleración tecnológica... Había entusiasmo genuino. Varias personas describieron la experiencia de trabajar con IA como una sensación parecida a descubrir Internet por primera vez. "Ésta es la cuarta revolución que vivo (…) y ésta es la que me parece más apasionante", comentó uno de los participantes.
La sensación dominante no era el miedo sino la fascinación. Había quienes hablaban de prototipos desarrollados en semanas en lugar de meses. Personas no técnicas enfrentándose a disciplinas antes inaccesibles gracias a herramientas como NotebookLM. Equipos reorganizándose para aprovechar nuevas capacidades. Profesionales describiendo la sensación de tener "más manos", más capacidad de proceso o más margen para pensar estratégicamente. Y, sin embargo, esa fascinación convivía constantemente con otra sensación más difícil de verbalizar. Porque, conforme avanzaba la conversación, empezaba a aparecer una intuición compartida: la IA no está transformando únicamente cómo trabajamos. Está alterando también nuestra relación con el conocimiento, con el valor profesional, con el aprendizaje y con la propia idea de qué significa aportar algo humano en sistemas cada vez más automatizados.
Ahí empezó a desplazarse el debate. La conversación dejó progresivamente de girar alrededor de "qué puede hacer la IA" para empezar a preguntarnos "qué estructuras humanas, organizativas y culturales va a amplificar". De repente, las dudas ya no eran estrictamente tecnológicas sino que se centraban en el papel de las personas.
“El cuello de botella se ha trasladado al barro”.
Otra de las cuestiones que cambió el centro de gravedad del debate tuvo que ver con la complejidad. Durante años gran parte del trabajo del conocimiento se estructuró alrededor de la especialización, procesos relativamente estables y separación clara de responsabilidades. Sin embargo, varias intervenciones apuntaban a que la IA está desplazando los cuellos de botella hacia otro lugar. La automatización del conocimiento no elimina necesariamente la complejidad sino que la redistribuye. Muchas tareas técnicas pueden acelerarse o simplificarse, pero eso vuelve todavía más importantes cuestiones relacionadas con coordinación, contexto compartido, criterio, gobernanza, interpretación o toma colectiva de decisiones. De repente, capacidades tradicionalmente consideradas "blandas" empiezan a ocupar posiciones críticas. Y ahí reapareció el agilismo desde un lugar bastante distinto al habitual. No como frameworks, ceremonias o prácticas más o menos industrializadas, sino más bien como memoria colectiva de otra transición vivida por muchos de nosotros. Varias personas conectamos intuitivamente el momento actual con aprendizajes acumulados durante años trabajando en entornos complejos. Conceptos como adaptación continua, experimentación, colaboración interdisciplinar o navegación de la incertidumbre nos resultan muy familiares. Quizá parte del valor histórico que ha dejado la agilidad nunca estuvo realmente en los procesos sino en haber obligado a muchas organizaciones a desarrollar capacidades culturales para operar cuando el entorno deja de ser estable.
Y así, el debate siguió desplazándose. A medida que aparecían cuestiones relacionadas con pensamiento crítico, educación o sesgos cognitivos, la conversación empezó a moverse desde lo organizativo hacia lo político y cultural.
"Pensamiento crítico extremo", reclamaba una de las primeras intervenciones. La expresión reapareció varias veces durante la conversación, pero en un momento dado alguien hizo una observación especialmente relevante: "Siempre decimos qué, pero no decimos cómo. ¿Cómo hay que cultivar el pensamiento crítico?". Y ahí apareció una de las tensiones más interesantes de toda la noche. Porque cultivar pensamiento crítico no consiste en repetir el eslogan. Exige tiempo, lectura, contraste, capacidad de sostener complejidad y construcción de criterio propio. Justo las capacidades que pueden atrofiarse más rápidamente cuando externalizamos progresivamente el procesamiento cognitivo.
La paradoja, pues, resulta evidente: nunca hemos tenido tantas capacidades disponibles y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil delegar el esfuerzo de pensar.
La preocupación apareció de formas muy concretas y cotidianas. Una de las participantes reconocía que se obligaba deliberadamente a seguir escribiendo y estructurando textos por sí misma porque notaba cómo delegar demasiado en la IA le empujaba a dejar de ejercitar su propio pensamiento. Otra relató cómo su hija adolescente había empezado a utilizar ChatGPT para interpretar cuestiones políticas relacionadas con las elecciones en Venezuela y terminaba así absorbiendo respuestas fuertemente condicionadas por los marcos ideológicos implícitos en los modelos. La reflexión se volvió especialmente explícita cuando explicó que, al pedirle a ChatGPT información sobre anarquismo, el modelo respondía desde una visión muy determinada del mundo —"un adulto blanco de Estados Unidos", en sus propias palabras— y que había terminado buscando alternativas como un "GPT socrático" o modelos alimentados con bibliografía específica sobre feminismos negros para intentar escapar de esos sesgos. A partir de ahí apareció una preocupación compartida: cómo desarrollar pensamiento crítico en una generación que puede acceder instantáneamente a respuestas muy elaboradas sin disponer todavía de herramientas cognitivas sólidas para detectar sus presupuestos, limitaciones o sesgos ideológicos.
“La IA potencia lo que ya somos”.
A medida que avanzaba la conversación, la IA dejó de aparecer únicamente como una herramienta para empezar a entenderse como un amplificador de dinámicas ya existentes. Varias intervenciones coincidían en que la tecnología no corrige automáticamente los problemas previos de las organizaciones ni de la sociedad; muchas veces simplemente los acelera, los escala o los vuelve más difíciles de ignorar. Si una empresa ya opera desde la fragmentación, el control o la hiperproductividad deshumanizada, la IA probablemente intensifique esas lógicas. Y si los modelos incorporan determinados sesgos culturales, económicos o ideológicos, esos sesgos pasan a formar parte de infraestructuras tecnológicas cada vez más ubicuas.
Ese desplazamiento del foco —de la herramienta al contexto político, económico y cultural que la rodea— hizo emerger otros temas que rara vez aparecen en las conversaciones más superficiales sobre IA: el impacto medioambiental de la infraestructura necesaria para sostenerla, la concentración extrema de capacidad tecnológica en muy pocos actores privados, la dependencia creciente respecto a plataformas opacas y la velocidad con la que todo esto avanza frente a nuestra limitada capacidad colectiva para gobernarlo. La conversación abandonó entonces el marco puramente empresarial y empezó a moverse alrededor de cuestiones de soberanía tecnológica, poder, gobernanza y capacidad de influencia sobre los futuros posibles.
“Internet es un territorio sin estado y la IA va a ser otro territorio. Y no tenemos mecanismos de gobernanza, porque socialmente vamos mucho más despacio que ese afán capitalista extractivista, capaz de fagocitarse a sí mismo”.
Y, sin embargo, el clima del fishbowl no terminó instalado en el catastrofismo, pero tampoco en el optimismo ingenuo. Lo que predominó durante toda la conversación fue algo bastante más incómodo de sostener: la ambivalencia entre fascinación y ansiedad coexistiendo constantemente. Personas disfrutando enormemente de las posibilidades creativas de la IA mientras expresamos simultáneamente preocupación por sus efectos sociales, cognitivos o políticos.
Si en momentos anteriores de la conversación la preocupación giraba alrededor del pensamiento crítico y de nuestra capacidad para detectar sesgos o interpretar correctamente la información generada por la IA, aquí aparecía algo distinto y probablemente más profundo: la posibilidad de acostumbrarnos a delegar no sólo respuestas, sino también iniciativa, criterio práctico y capacidad de decisión. El miedo no consiste únicamente en "equivocarse", sino en terminar ocupando una posición cada vez más pasiva frente a sistemas que empiezan a estructurar, sintetizar y pensar por nosotros porque hacerlo manualmente requiere más esfuerzo.
Seguramente por eso terminó resonando con tanta fuerza una idea que apareció hacia el final del fishbowl: la necesidad de "no renunciar a nuestra propia agencia". En el fondo, lo que intuimos es que está en juego la capacidad colectiva para seguir decidiendo qué futuros queremos construir y cuáles no. La IA dejaba así de entenderse únicamente como una cuestión tecnológica o de productividad para convertirse también en un problema relacionado con gobernanza, distribución del poder, cultura organizativa y capacidad social para deliberar sobre el tipo de sociedad que estamos ayudando a construir mientras incorporamos estas tecnologías.
“Me gustaría que estas sesiones siguieran”.
La selección de participantes no respondió a una lógica de representatividad ni a una búsqueda de referentes. Se construyó deliberadamente alrededor de otro criterio: reunir personas con experiencia real y miradas muy distintas sobre tecnología, organizaciones, producto, liderazgo, diseño, cultura o ciencias sociales. Eso produjo algo quizás poco habitual. La conversación pudo desplazarse desde arquitectura organizativa hasta filosofía política sin que nadie sintiera que estaba "fuera del tema". La diversidad no funcionó como consigna cosmética sino como mecanismo de inteligencia colectiva. También importó mucho la creación explícita de un espacio seguro. La conversación no estaba diseñada para producir posicionamiento personal ni discursos perfectamente cerrados. Por eso no pensamos en keynotes ni nada por el estilo. Buscamos contradicción, exploración, duda y pensamiento en voz alta. Y para ello contábamos con la generosidad de las personas invitadas.
Después de horas hablando de automatización, complejidad, sesgos, geopolítica, capitalismo o pensamiento crítico, pedimos una ronda de intervenciones para responder a la pregunta de nuestro anfitrión, Israel Alcázar, "qué hacemos con esto que ha surgido aquí (...) si nos apetece, o no, que pasen más cosas". Así, las intervenciones empezaron a girar alrededor de ideas bastante concretas: espacios pequeños, confianza, conversación lenta... Y aparecieron propuestas formuladas de manera bastante espontánea: casas en Sevilla, conversaciones en Madrid, espacios seguros, comunidades de práctica... En el fondo, lo que emergió fue la necesidad del grupo de seguir pensando juntos sin convertir inmediatamente cada reflexión en producto, posicionamiento o ventaja competitiva.
Si la IA está alterando la manera en que trabajamos, pensamos y nos coordinamos, probablemente necesitaremos algo más que nuevas herramientas o nuevas habilidades técnicas para navegar lo que viene. También harán falta espacios capaces de sostener conversaciones incómodas, mezclar perspectivas distintas y construir criterio colectivo en medio de tanta aceleración. Porque parte del problema ya no consiste solo en adaptarse rápido, sino en conservar la capacidad de deliberar juntos hacia dónde queremos ir. Tal vez ése sea uno de los primeros trabajos importantes de esta nueva etapa: reconstruir comunidades capaces de pensar juntas en vez de limitarse a reaccionar.
NOTA: Gracias a Thinking with You por ceder su oficina —como en los viejos tiempos— y a Israel Alcázar y Cristina Sánchez por hacer posible el evento y cuidar el contexto para que este tipo de conversaciones hayan podido suceder sin prisas ni postureo. Y gracias también a toda la buena gente que respondió a la convocatoria, priorizando unas horas de conversación honesta, pensamiento compartido y exploración colectiva en medio de tanta aceleración. Sin vuestra generosidad, curiosidad y disposición a pensar en voz alta, nada de esto habría tenido sentido.


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